Las Noventa Habanas: un buen libro de cuentos
Por: Edwin Castillo
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formamos parte de los que creen en la existencia de las llamadas «malas
palabras», más bien, creemos en el idioma, ese nace en las entrañas del pueblo
y que va evolucionando, según las necesidades del hablante.
A través del tiempo hemos aprendido que en la narrativa todas las
palabras se pueden usar. Lo importante es el contexto en la que son utilizadas
para no caer en problemas de insonoridad y en la gravedad de no transmitir el
sentimiento deseado. Sobre esto abundan buenos ejemplos, como el famoso
«mierda» que Gabriel García Márquez coloca en boca del coronel, los puteos de
Sancho y otros casos que podemos ver en los relatos de Cabrera Infante (este
último cubano como la escritora que hoy nos ocupa).
Dainerys Machado Vento (La Habana, 1986), con su libro
«Las noventa Habanas», nos ofrece una voz fresca que sorprende al
lector por la sinceridad con que muestra la realidad, sin caer en los miedos
que engendran «el qué dirán» ( este error es algo recurrente en el mundillo
literario dominicano y sabemos cómo este pecado que ha perjudicado la evolución
de la narrativa local, y por esto algunos escritores nos ofrecen una prosa muy
aburrida, pero esto es un caso aparte que se puede tratar otro día).
Machado Vento, quien aparte de narradora es periodista e
investigadora literaria, nos da, con este puñado de cuentos, 19 en total, una
muestra de cómo deben decirse las cosas y dónde se deben colocar con exactitud
y el momento oportuno, aquellas palabras que le ponen los pelos de puntas a un
lector puritano e incluso a algunos policías literarios que osan de meter presa
a la palabra. «Pinga», «singar», «maricón» e «hijo de perra» son algunas de
ellas.
Pero no solo esto es lo interesante de dicho libro, hay otras
cosas dignas de señalar, por ejemplo, la manera en que se nos muestra la
presencia de la literatura y la cultura como elementos inseparables del hombre
cubano. Podríamos decir, que algunos son salvados por la poesía de la triste
realidad que se vive en la tierra de Martí. Algo fuerte y crudo, -difícil de
pintar con unos versos sencillos-, lo podemos apreciar en varios cuentos como
por ejemplo en «Nada 1994», donde es utilizada para evitar las malas noticias
que cada cierto tiempo le trae la madre al personaje principal (en este caso
una joven), así como para soportar la misma hambre: “Lee ese poema en voz alta”
le dijo su abuelo un día que no pudo comprar leche ni caminando veinte cuadras
extras. Ella lo leyó y el ritmo le hizo olvidar el hueco en el estómago”.
En «Confesiones Grandes» la poesía sirve para la supervivencia en
medio de aquella pobreza, que no es bonita, pero que el caribeño sabe tratar
con el humor; bálsamo para sus penurias. Veamos un fragmento: «También
me enseñó a compartir poesías, a base de repetirme a Pedro Navaja en la vieja
grabadora azul que enredaba la cinta de los casetes».
Como ruptura al mito que algunos tienen del escritor, Machado Vento,
nos pauta muchas de las desventuras y calamidades que pasan sus personajes. Es
estos relatos encontramos a un aspirante a escritor que se hace la paja por su
tía, a dos escritoras adictas al sexo casadas con hombres que no las singan,
así como también, otras frustradas en el intento de ser buenas escritoras.
Machado Vento a su vez, rompe con el mito en donde se cree que la
mujer no puede hablar del sexo con la sinceridad con la que ella lo aborda,
cargado de humor y denuncia, sin pretender caer en el panfleto, con la certera
intención de clavar una herida en el alma y que nos invita a la reflexión sobre
la triste realidad que vive el cubano como acontece en el cuento “La historia
de la flaca que golpearon por romper al orden natural de las casas y las
cosas”, donde Evaristo sin comer, le chupa cada día la pinga a su vecino para
llenarse el estómago de leche. En este relato -uno de los más largos- exuda la
deliberación con que la autora pretende jugar con las leyes sagradas del
cuento. Ejemplo de ello lo percibimos en su título tan largo, algo a lo que el escritor
dominicano, Diógenes Valdez le daba mucha importancia por ser de las piezas
claves para atrapar al lector, estrategia que también puede ser apreciada en
sus estudios sobre la narrativa de Juan Bosch; y la inclusión de muchas
imágenes a la vez, pero hiladas con una coherencia magistral, lo que nos deja
asombrados por la forma armoniosa en que se manejan las situaciones dentro del
mismo.
Este cuento nos rememora un relato de José M. Pequeño (otro gran
narrador cubano), donde pasan diferentes situaciones en un edificio y que el
propio decir, nos refresca dotado de un humor rico y de sexo, pagando cada
personaje la cuota necesaria para que el relato fluya con claridad y
coherencia, cómo pasa en el cuento de Machado Vento. Estas circunstancias y
otros elementos, que no dejan de ser menos interesantes, cómo las penurias que
pasa el inmigrante, la santería, el lesbianismo, el acoso del maldito chivato,
el deseo de algunos cubanos de seguir en su tierra a pesar los males que los
agobian entre otras perlas, se nos abre una amalgama de colores interesantes
cuando nos sumergimos en las aguas cristalinas, pero profundas habitadas por
estas páginas.
Y es que, el Caribe, tiene una voz que a la vez son muchas.
Dainerys Machado Vento con este, su primer libro, sabe cantar los ecos que
repercutan en su tierra y lo hace de la forma fiel y clara, cómo lo saben hacer
los grandes narradores. Desde ya, Machado Vento entra por la puerta grande al
círculo exclusivo de los buenos narradores jóvenes del Caribe y en nuestra
biblioteca “Las noventa Habanas” ocupa un lugar al lado de los
malditos.
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